Yago se va de pesca

Parece que Yago ha encontrado un deporte que le motiva: la pesca. Siendo él como es, nos ha extrañado mucho que un deporte donde reina la quietud, la calma y el silencio, haya conquistado al pequeño.

Nos han regalado unos peces: dos peces, uno naranja y otro negro. El mío es el naranja y el de Martín es el negro, aunque mi hermano dice que el suyo es el naranja y el mío es el negro. A Martín no le gusta su pez negro y quiere quitarme mi pez naranja. Mamá, que está en todo, ha dicho que el naranja es el de los niños y el negro el de los papás, pero papá ha dicho, riéndose, que el suyo es el naranja, que a él tampoco le gusta el negro, y que quiere el naranja y si no se enfada; así que Martín y yo tenemos que compartir el pez naranja con papá, y mamá tiene un pez para ella sola.

Papá nos ha dicho que cómo queríamos llamar al pez naranja y yo he dicho que caca. A Martín le ha hecho mucha gracia, pero a mamá, ninguna. Dice que no hay quién me quite la caca de la boca y que caca no es un nombre para un pez, pero a mí me gusta y Martín se ríe mucho… y es el pez de los chicos, y mamá puede elegir el nombre del pez negro.

A los peces no puedes darles de la comida que tú comes: ni puré, ni sopa, ni croquetas, ni chocolate, ni yogur. Ni siquiera puedes darles de beber de tu vaso de agua. Mi mamá me lo ha repetido muchas, muchas veces. Solo podemos darles de comer de un bote que mis papás han subido a la parte de arriba del armario de la cocina. Antes, el bote estaba en la terraza, pero después de que Martín y yo les echáramos el bote entero un día, lo han cambiado de sitio. Parece que mi mamá no quiere tener peces gordos. Yo no lo entiendo muy bien porque a Martín no hace más que decirle que coma y que coma, y que tiene que engordar.

Un día, papá estaba trabajando y mamá se había ido con Martín y yo estaba solo con la abuela, y como la abu estaba planchando y yo me aburría, decidí ir de pesca. Ya sé que para pescar se necesita una caña (tengo un libro de Teo, Teo se va de pesca, que a veces me lo lee Nieves). Yo no tengo caña, pero no me hace falta. Tenía un plan. Arrimé una silla de la cocina para llegar mejor a la pecera. Quería coger a Caca y enseñárselo a la abuela. Metí la mano en la pecera y cerré el puño para atrapar a Caca, pero se escapó. Volví a intentarlo, pero se iba. Decidí coger entonces el pez negro en vez de Caca, pero no había manera, se iba, no lo atrapaba. Decidí meter la otra mano. Es difícil mover los dos brazos cuando estás pescando en una pecera. Puedes revolver el agua mejor, dar muchas vueltas al agua pero pescar, no pescas nada.

No, no he roto la pecera, (¿a qué lo estabais pensando?). Mi abuela apareció de repente en la cocina y empezó a gritarme que dejara a los peces en paz, que sacara las manos de la pecera, que me había mojado entero, que había tirado agua por toda la cocina… Con tanto grito y tanta bronca no hay quién pesque nada, tuve que abandonar. Un fracaso.

El caso es que al día siguiente se me dio muy bien la pesca. El pez negro no se movía. Estaba muy parado y cuando volví a meter la mano en la pecera se me escurrió una vez, pero a la segunda ¡¡¡lo atrapé!!! Fui corriendo a decírselo a Martín, que estaba en casa; y Martín fue corriendo a decírselo a papá; y papá fue corriendo a decírselo a mamá; y mamá vino, pero no corriendo, sino chillando. Tuve que volver a meter al pez negro en la pecera. Ya dentro, el pez negro, no se movía. Fue entonces cuando mamá dijo: -este pez no tiene solución-, y me dijo que volviera a coger el pez y lo pusiera en una bolsa, pero para entonces yo ya estaba con el camión de los bomberos y ya no me apetecía jugar a pescar.

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