Historia de piratas

Hasta entonces nunca me habían interesado las historias de piratas; quizá pensar en calaveras, patas de palo y espadas se me hacía muy lejano, además parecían más bien cosas de chicos, y no de chicas. Solo el mar, aquella extensión tan grande de agua, llamaba mi atención. Ver el mar si que era para mí un auténtico tesoro.

Sin embargo, cuando aparecieron por sorpresa aquellos piratas en el pueblo, tengo que decir que mis pulsaciones se aceleraron y mi curiosidad fue en aumento, y supe que tenía que conocer a aquel personaje con parche en el ojo y loro en el hombro.

Empecé a devorar libros de piratas sacados del bibliobús. Sabía que los piratas siempre andaban buscando tesoros; que los tesoros aparecían gracias a mapas que marcaban el camino; mapas viejos, arrugados, borrados y doblados en múltiples pliegues. Sabía también que a todos los piratas les gustaba el ron, y en el pueblo para poder beber ron solo se podía ir al teleclub. Cuando oculté la grabadora en la estantería cercana a la mesa que cada noche ocupaban el capitán pirata y su banda, nadie se percató de lo que en realidad pretendía. Yo aún era pequeña para quedarme hasta tarde en el teleclub y esta fue la única forma que encontré de enterarme de sus conversaciones.

Día tras día fui escuchando con atención las grabaciones, intentando encontrar pistas sobre el tesoro pero solo escuchaba charlas sobre futbol, la caza o el tiempo. Algunas veces oía canciones que los piratas cantaban y muchas veces eructos y ruido de vasos al chocar entre ellos.

Como no avanzaba en mi investigación, decidí que tenía que explorar el hogar de los piratas: su barco. Atracado en el Ucieza, aquel barco llamado Bergantín, se había convertido en mi única esperanza para encontrar el mapa que conducía al tesoro. Abordar el barco se convirtió en una obsesión, pero aquella bandera negra con calaveras y tibias, y aquellos cañones apuntando al pueblo hacían que mis piernas temblaran cada vez que urdía algún plan.

Necesitaba ayuda: mi panda me serviría. Les conté mis planes. Todos me dijeron que contase con ellos. Hicimos el juramento del silencio: nada sabrían los mayores de nuestros planes para hacernos con el tesoro.

Robar era una palabra muy fea. Decidimos que quien entrase en el barco tendría que hacer un dibujo del mapa del tesoro, y que dejaríamos el original en su sitio para que los piratas no nos descubriesen.

Todos queríamos entrar y ver el barco. Tuvimos que rifar quiénes serían vigilantes en el pueblo, quiénes en el camino del río, quiénes al lado del barco y quienes entrarían.

El primer día que intentamos la conquista fue un fracaso total. A los hermanos encargados de vigilar el barco sus padres les castigaron sin salir por no haber hecho la tarea. Tuvimos que posponer nuestro plan.

El segundo día que volvimos a intentarlo el tiempo no estuvo de nuestra parte. Se levantó una fuerte tormenta y todos nuestros padres vinieron a buscarnos para llevarnos a casa. Fracaso rotundo.

Dicen que a la tercera va la vencida. La noche en que decidimos por tercera vez el abordaje parecía una noche perfecta: el calor empujó a los piratas al teleclub y nosotros pudimos poner en marcha el plan con muchas esperanzas de éxito.

Así que cuando Paco y Miguel consiguieron entrar en el barco todos esperamos nerviosos su salida para conocer los detalles, pero esperábamos con ansiedad conseguir la copia del mapa.

El plan establecía que nos reuniríamos en el plantío pasadas dos horas. Cuando Paco y Miguel llegaron vimos un brillo especial en sus ojos. Contaron con detalle cómo estaba organizado el barco. Laura fue dibujando en su libreta todo lo que iban contando para tener un plano exacto del barco. Cuando les preguntamos por el mapa del tesoro, solo pudieron decirnos que no lo habían encontrado.

La segunda vez que entramos al barco buscando el mapa fuimos apresados. El cocinero y su pinche se dieron cuenta de que había alguien porque al torpe de Jorge se le cayó la espada de madera que había llevado consigo por si éramos descubiertos. Y lo fuimos. De nada nos sirvió aquella espada frente a las dagas y los trabucos de los piratas.

– Solo son niños –oímos decir.
– Queremos vuestro mapa –dijo el bocazas de Jorge-, y lo queremos ya.
– ¿Qué mapa?
– El del tesoro. Lo queremos ya, ahora. Queremos saber donde esta el tesoro. Si no nos lo decís, le diremos al alcalde que estáis cazando sin permiso (olía de maravilla, a conejo guisado).
– Cállate –le dije a Jorge.

Jorge parecía no tener miedo y seguía pidiendo el mapa a gritos.

Nos encerraron en el calabozo. No era como yo había leído: estaba limpio y tenía luz. El pinche quiso darnos de comer y nos pasó por las rejas una bandeja con dos platos de conejo, dos servilletas y dos vasos.

Yo no tenía mucha hambre. Estaba asustada y pensaba que mis padres se iban a enfadar mucho cuando se enterasen de que había entrado en el barco pirata. A Jorge todo le daba igual, parecía no estar preocupado. Se puso a comer.

– Está muy bueno. Tienes que probarlo –dijo con la boca llena-, y media tajada se le escurrió de la boca.

Cogió la servilleta para limpiarse y al hacerlo vi como contenía letras y dibujos. Se la quité. A él le dio igual, siguió comiendo tan feliz. Desdoblé mi servilleta: parte 2, ponía. Traté de unir las dos: era un mapa.

No le dije nada a Jorge porque pensé que era capaz de preguntarle al pinche por los dibujos.

Comí rápidamente mi plato y llamé a voces para decir que ya habíamos acabado. El pinche recogió las bandejas, pero las servilletas me las quedé yo. Cuando se las llevaba me guiñó un ojo. Me di cuenta de que no cerró con llave la puerta del calabozo. Esperé tres minutos y abrí la puerta, entonces le dije al comilón de Jorge que corriese todo lo deprisa que pudiese.

Cuando llegué al plantío no había nadie. Los demás se habían cansado de esperar y se habían ido. Ni siquiera estaba Jorge.

Sola como estaba me arrimé a una farola y abrí las servilletas. Las junté. Traté de entender lo que ponía y de descifrar los pasos que había que seguir para llegar al tesoro. Se me hizo tarde y cuando llegué a casa mi padre me riñó.

Al día siguiente convoqué una reunión extraordinaria para informar de los avances. Cuando vieron el mapa todos quisieron empezar cuanto antes a buscar el tesoro. Había que empezar desde el río:

– Ochocientos metros hacía el pueblo por el camino.
– Tomar como referencia la Casa Lerones y la Iglesia.
– Avanzar por casa de Rocío y Jesús.
– Llegar a la plaza.
– Subir hasta ayuntamiento viejo (aquí tuvimos que preguntar porque no sabíamos que hubiera una ayuntamiento viejo, ahora era un descampado que acogía el punto limpio).
– A la altura del Ayuntamiento nuevo girar a la derecha hacia el Teleclub.
– Parar en el Teleclub.

El tesoro estaba en el teleclub. Como estaba lleno de gente, todos empezaron a mirarnos con caras raras.

– El tesoro está en el teleclub –chillábamos.

Revolvimos todo, de arriba abajo, de abajo a arriba. No hallamos monedas, no encontramos billetes, ni collares, ni pulseras, ni cofres, ni lingotes de oro. Sin embargo el mapa señalaba claramente el teleclub como el sitio donde estaba el tesoro. Recuerdo que lloré desconsoladamente cuando no encontré nada.

Han pasado muchos años desde que vivimos esta historia. El tiempo me ha enseñado que no solo no encontré el tesoro sino que yo era parte de él: el pueblo, la gente, el campo, el teleclub, los encuentros, las charlas, los abrazos, los amigos…

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