Albert(o) Einstein y los átomos

Voy a hacer una confesión: a veces, en la escuela, me aburro y no quiero ir, aunque luego voy, solo por no oír a mi mamá y a mi papá diciendo que ellos tampoco quieren ir a trabajar y van.

Total, pues que no vayan, nos quedamos en casa todos. ¡Mucho mejor! Y si no tenemos para comer, pues comemos donde la abuela, que siempre tiene la comida hecha y siempre con… ¡patatas fritas!

En la escuela, la seño todo el día está diciendo que si dibuja un círculo, que lo rellenes de color y no te salgas, que si qué figura es más grande, que si de qué color has pintado el cielo, que si vamos a leer algunas palabras… Yo ya quiero dejar de hacer círculos y leer como mi mamá, no solo palabras; así, rápido, toda la página y pasar las hojas.

Pero hoy, hoy, he estudiado cosas de mayores. Hoy hemos hablado de Einstein. ¡Ya sé quién es Einstein! Os lo voy a decir por si alguno no le conoce o no sabe nada de él. Es un señor que se llama Albert -no hay que decir Alberto, que la seño se enfada-, al que le gustaba mucho salir a la calle en zapatillas de estar en casa. Si yo salgo en zapatillas de estar en casa a la calle, mi mamá ya estaría riñéndome, pero parece que a Albert Einstein, su mamá le dejaba. También le gustaban mucho las camisetas viejas y rotas, y no quería tener camisetas nuevas –en esto se parece a mi tío David-. Además se peinaba poco y se había dejado un bigote grande con muchos pelos que se le metían en la boca cuando comía. ¡Qué asco!

Así que en la comida pregunté a mi hermano Martín si sabía quién era Einstein y me dijo que no. Me preguntó si jugaba al fútbol y yo le dije que eso no lo sabía. Aun así a Martín le picó la curiosidad y decidió preguntar a mamá sobre Einstein. Mamá me miró y me dijo que si conocía más cosas del señor Einstein, podía contárselas a Martín para que las aprendiera porque Martín no había dado en clase nada sobre él( y eso que mi hermano ya está en tercero).

Empecé a sentirme importante: casi, casi como Albert Einstein. Y dije:

– ¡Albert Einstein descubrió los átomos! -lo dije chillando-.

A mi mamá le dio la risa, mi papá se quedó muy sorprendido, Martín cada vez entendía menos y yo seguí:

– Muchos, muchos, muchos átomos.

Martín preguntó que qué eran los átomos a mamá, y mamá me pidió que se lo explicara.

– Son pequeños, muy pequeños.

Martín ya se estaba empezando a impacientar, así que decidí seguir:

– Los átomos están en todos los sitios, por todos los lados y son pequeños. Por ejemplo, cuando te peinas para ir al cole por las mañanas hay átomos en tu pelo, en el pelo de papá y en el pelo de mamá (en el de mamá debe haber muchísimos más porque lo tiene más largo que nosotros).

Martín se tocó el pelo y yo, a lo mío:

– No hay que confundir los átomos con los piojos (que son unos bichos, también pequeños, que a veces tienes en el pelo y que hacen que tus papás te peinen mucho, mucho rato y nunca acaben). Además, cuando hay piojos en la escuela, la seño siempre me da un papel para mis papás. Se ve que cuando vienen a la escuela los piojos, los papás tienen que estar enterados.

Martín dijo que qué asco, mamá dijo que dejase ya los piojos y que siguiera contando lo que eran los átomos.

Entonces volví a hablar yo:

– Los átomos también están en el peine, en la mesa del cole, en la plastilina y hasta en las fichas que hemos hecho en el cole. (No me atreví a decir que también en los macarrones que nos estábamos comiendo porque no estaba seguro, y porque además si estaban en los macarrones y yo me los estaba comiendo también me estaba comiendo átomos, y eso no me hacía mucha gracia).

Martín preguntó si los átomos se daban en Cono, y mamá dijo que se dan en Física que es una asignatura de mayores.

Yo seguí:

– Los átomos se mueven mucho, corren muy deprisa, nunca se paran.

Martín se empezó a aburrir, dejó de hacerme caso y se comió todo muy rápido para irse a ver los dibus al salón. Y yo, que ya había contado todo lo que sabía de Albert y de los átomos, también me fui al salón.

Pero sucedió que al día siguiente, cuando nos estábamos arreglando para ir al cole, mi hermano me preguntó, enseñándome el peine, si veía algún átomo: estuvimos un buen rato mirando el peine, pero no veíamos nada… ¡ni siquiera piojos! Hasta que vino papá chillando porque íbamos a llegar tarde a clase.

Desde entonces, cada día que Martín y yo nos peinamos, intentamos ver los átomos, pero hasta ahora no lo hemos conseguido. Se ve que como se mueven mucho y muy deprisa se esconden.

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