El puente de madera

El camino sigue ahí, donde siempre ha estado. Un camino no se mueve así como así. Te mueves tú y tu forma de mirarlo.

El camino sigue con sus piedras y sus cantos rodados. Te conduce al río, y más allá, pero yo me quedo en el puente, en el puente de madera, aunque siga siendo de hierro.

Soy yo la que desde hace años no pasaba por él, no lo pisaba. Antes, hace tiempo, era para mí un camino habitual.

Siempre me había gustado aquel puente, que nunca fue de madera y sí de hierro. Hoy totalmente oxidado y con fallas, mucho más bajito y pequeño. Recuerdo haber venido hasta aquí con mi pequeña BH azul y haberla dejado apoyada en estas barandillas que ahora no se sujetan ni por ellas mismas. Dejaba la bici tendida sin miedo a que desapareciera y bajábamos al río. Justo debajo del puente había una de las pocas pozas que almacenaba agua. En muchos casos podíamos cruzar el río sin mojarnos, de piedra a piedra, puestas una al lado de la otra para conducirnos de orilla a orilla. Incluso había zonas donde sin piedras hubiésemos cruzado el río sin mojarnos, bastaba con descalzarse.

Ahora resulta imposible. Y no porque haya mucho más agua, que no la hay. La maleza lo llena todo: mazorcas y juncos han crecido tanto que me superan en altura. Necesitaría tijeras y hachas para hacerme camino.

Entonces nos entreteníamos tirando piedras al río, donde había agua, claro es. Intentábamos por el sonido saber la profundidad. Otras veces tratábamos de cazar ranas y renacuajos para jugar con ellos. Su vida plácida en la orilla se acababa cuando llegábamos ruidosos y alborotadores.

Hace mucho que no los veo. Ni siquiera me había acordado de ellos hasta ahora.

Hubo días en que nos bañábamos en aquel río y, según lo hacíamos, espantábamos a más de un ave que por allí anidaba. Recuerdo también algún día en que una culebrilla de agua nos hizo salir corriendo y gritando, aunque algún valiente opinase que no hacían nada mientras le tiraba piedras. Otros días íbamos con la intención de coger cangrejos, aunque nos daban miedo sus pinzas. Removíamos zamarras y ladrillos. Nunca conseguimos grandes botines, pero tampoco nos importó.

Hoy echo de menos aquellos días de bicicletas, renacuajos y amigos, días de infancia que solo pueden ser recordados, días que no volverán porque ya solo pueden forman parte de la memoria.

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