Yago, el explorador

Esto de ser explorador casi me cuesta la vida…, y una bronca muy gorda de mi papá (ya veréis), otra de mi mamá (pero más suave), de mi abuela por enredador (dice ella), y de mis tíos no… porque no estaban, que si no, pues también. ¡Esto de ser aventurero entre mi familia está mal visto!

A ellos les gusta la vida tranquila: ver la tele (pero no Clan), sentarse en el sofá o en el jardín con un libro, y hablar. ¡Lo de explorar es cosa mía! Dicen que no saben a quién he salido, y sospechan que igual a un primo de mi mamá que se llama Rubén y que era muy malo y muy pegón.

Os voy a contar un descubrimiento que he hecho yo solito: en la cochera de la casa de la abuela, en la más grande, además del portón de entrada, hay una puerta que no te lleva ni al jardín, ni a la era, ni a otra habitación, ni a la sala, ni al baño, ni a la calle. Es una puerta que te lleva a la pared, tú la abres y hay… ¡una pared! Es increíble: una pared.

Hasta hace poquito no me había dado cuenta. Yo siempre entraba y salía para coger el caballo, el camión de bomberos, la bicicleta o los carritos de Teo, pero hace unos días descubrí que había una puerta. Se lo dije a Martín, pero mi hermano está muy ocupado con la PSP y con el fútbol, y no me hizo caso. Así que decidí, en secreto, ir a explorar yo solo. Mi mamá dice que me va a comprar un gorro y un látigo como el que lleva un señor muy famoso que por lo visto se llama Indiana (tiene nombre de niña ¡qué raro!).

El caso es que yo quería abrir la puerta que había descubierto. Y claro, hay que tener llaves para abrir. Y resultó que las llaves estaban puestas. ¡Qué suerte! Moví las llaves para un lado o para otro, da igual, lo importante es que se abriera la puerta. Estaba muy duro y me estaba empezando a desesperar porque no podía.

Se me ocurrió tirar muy fuerte de la puerta, y sucedió una cosa muy rara. La puerta no se abrió, pero se movió, y ¡menos mal que estaba el coche de mi papá! ¡Se cayó la puerta! Nunca me había pasado antes. La verdad, es que me puse un poco nervioso porque hizo un ruido muy grande cuando cayó encima del coche. Y fue entonces cuando, con el ruido, vino mi papá y me miró con una cara muy rara. Llegó también mi mamá y luego mi abuela, y también pusieron caras raras. Al final, pasó lo de siempre: “que si no te puedes estar quieto ni un segundo, que si siempre tienes que estar liando alguna, que si has roto el coche de papá, que si te podías haber hecho mucho daño, que si…” Ala, otra vez castigado, aunque esta vez me enfadé mucho: encuentro una puerta que te lleva a una pared en vez de a la calle, se cae la puerta en vez de abrirse y encima la culpa es mía.

Ahora ya han pasado unos días y no estoy castigado pero mi papá sigue un poco enfadado porque dice que va a perder una tarde en llevar el coche al taller porque así de abollado no lo podemos llevar a las vacaciones, pero yo estoy muy contento porque he descubierto que era una puerta secreta. Creo que es la puerta por la que entra el dragón a dormir en la cochera cuando es invierno. Por eso mi tío ha visto un día al dragón.

2 Comentarios en “Yago, el explorador

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *