Preparándonos para las Olimpiadas

Tengo que contaros algo: ya no soy un gallina, ya me sé tirar a la pisci, y ya casi sé nadar.

Esto no siempre ha sido así. Durante mucho tiempo, fui un gallina. Al principio, cuando me preguntaban que qué era Yago en la piscina yo decía que un gallina, pero lo decía muy, muy bajito para que no me oyera nadie. Sin embargo, mis papás lo decían alto y a mí me daba un poco de rabia, pero con el tiempo lo fui asumiendo y cuando me lo preguntaban decía muy alto, bailando, saltando y moviendo los brazos que un gallina en la piscina.

Aunque mi papá diga que no, hace mucho tiempo que sé nadar: nado en el suelo de la cocina, en la alfombra de la sala de la abuela, encima de la cama de mis tíos, cuando voy andando al parque… Para nadar aquí solo tienes que mover los brazos muy deprisa para delante y para detrás y abrir y cerrar la boca como los peces. Y luego mueves los pies. Y así nadas. Puedes nadar para delante o para atrás o dar vueltas.

En la piscina hay que hacer lo mismo, pero a mí no me sale. A veces me bebo el agua (sabe a caca, pero no puedo decirlo así porque me riñe mi papá), otras veces me entra agua en los ojos, la mayoría de las veces me voy al fondo y el agua me cubre toda la cabeza. En estos casos, amigos, lo mejor es llorar, llorar fuerte. Es entonces cuando vienen el profe o mi papá y te cogen. Entonces te agarras fuerte a ellos y ya no te sueltas en toda la clase. Así evitas muchos problemas.

Mi papá ahora dice que ya no soy un gallina y lo dice feliz, y creo que hasta orgulloso, aunque a mí me da un poco igual. Ya le he dicho que nos tenemos que sincronizar mejor, que lo dice hasta el profesor de natación: que no puede ser que ahora, que me da igual ser un gallina, voy y deje de serlo.

Lo que pasa es que a papá Dari le ha durado poco la alegría porque mi hermano Martín no ha pasado de curso en natación. El profe le preguntó si quería ir a perfeccionamiento y Martín dijo que no, que él quería seguir nadando con sus amigos (yo hubiera dicho lo mismo), y que si sus amigos no pasaban él se quedaba con ellos. ¡Qué solidario!

Mi papá se ha sentido muy frustrado: no hace más que repetir que por quinta vez Martín sigue en el tercer curso de natación, que no quiere esforzarse, que solo quiere jugar con sus amigos Markel y Manuel, y que no le interesa nada, ni el deporte, ni nada que signifique mejorar. Y que Martín debería tomar como ejemplo a Natalia, que ha pasado a perfeccionamiento.

Ver a mi papá así impresiona mucho, ¡hasta ha llegado a decir que era mejor que Martín no fuese a aprender más! ¡Ya podía decir eso de mí!

Normalmente es mamá la que siempre nos riñe y nos dice que hay que esforzarse y aprender, pero esta vez mi mamá no parece enfadada. Mamá y papá tampoco están sincronizados y el profesor de natación les va a reñir el próximo día que les vea. Mamá no hace más que decirle a papá que si pensaba que sus hijos iban a ir a las olimpiadas.

Entonces no me ha quedado más remedido que preguntarle a papá si voy a ir a las olimpiadas o no. Me ha quedado claro que mi hermano no, pero yo como ya no soy un gallina…

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