Encrucijadas

Me dijeron que nos íbamos de vacaciones, y me ingresaron en un centro de reposo.

Yo acababa de salir de una relación. Por el bien de nuestro hijo, decidimos de mutuo acuerdo que fuera él quien eligiera con quién quería pasar sus vacaciones de verano. Si a mí, a su edad, alguien me hubiera ofrecido un viaje en helicóptero, también habría escogido irme con él. Sea como fuere, no me eligió, y aquello terminó por hundirme.

Sin ganas de nada, fueron mis hermanos los que tomaron las riendas de mi vida y organizaron mi existencia: mis salidas, mis horarios, incluso mis comidas. Me propusieron varios planes para pasar las vacaciones con ellos, pero ninguno había planeado un viaje en helicóptero. Sin embargo, me vi obligada a aceptar uno para que se quedasen tranquilos.

Acepté ir a una casa rural aislada de cualquier pueblo y situada entre montañas. Creí que el contacto con la naturaleza me haría bien, aunque sin duda habría preferido permanecer en mi sillón favorito de mi recién estrenada casa.

No tardé en descubrir que aquella casa rural no era sino una clínica para depresivos; “clínica de recuperación” -me dijeron mis hermanos-, y se fueron.

– Cuando estés bien vendremos a recogerte.

Me pregunté qué significaba estar bien y cuándo lo estaría.

Un hombre de bata blanca me acompañó a mi habitación, dándome poca conversación y muchas instrucciones. Lo primero lo agradecí, a lo segundo no hice ni caso.

Me sorprendió saber, sin embargo, que pasaría mucho tiempo sola delante de tres cuadernos. En el primero, debería escribir como había sido mi vida hasta entonces; en el segundo, expresar mis sentimientos actuales. Sobre el tercero no obtuve ninguna información y no hubo instrucciones.

– Ya lo descubrirás. Cada día, por debajo de tu puerta, alguien dejará el plan de actividades.

Me quedé sola en la habitación. Observé que solo había una pequeña cama, tan pequeña que pensé que no cabría en ella. Una mesa, una silla y una lámpara completaban el mobiliario. Sobre la mesa, los tres cuadernos y un bolígrafo. Eché de menos la radio y la tele; en mi nueva casa, siempre tenía las dos en funcionamiento para no sentirme sola. Oír voces no era una gran compañía, pero me hacía sentirme mejor.

En aquel momento, por debajo de la puerta, alguien deslizó un papel. No tuve ganas de acercarme. Lloré y me dormí.

Soñé que pegaba a mis hermanos, incluso llegué a morder a mi hermana más pequeña, mi gran debilidad, hasta que un timbre feroz me despertó. Apareció de nuevo el señor de la bata blanca, que recogió el papel, y me anunció que en diez minutos debía estar en chándal en la recepción para mi paseo matinal. Yo, que empecé a odiar los deportes porque le gustaban a mi marido, pasé olímpicamente de aquellas órdenes y me quedé en la pequeña, pero cómoda cama que me habían asignado.

A los 15 minutos aparecieron tres batas blancas que, a pesar de mi resistencia, me pusieron un chándal y me llevaron en volandas por la fuerza.

– A caminar.

No tenía ni idea del camino que debía seguir. Decidí dejarme llevar y caminar sin rumbo. Llegué a una bifurcación con dos señales; la de la izquierda llevaba escrito blanco, y la de la derecha, negro. Desconcertada, seguí la de la izquierda solo porque mi marido era un convencido votante de derechas. Después de una hora, llegué al mismo lugar del que había partido.

En la habitación encontré el desayuno, toallas limpias y otra nota que alguien había deslizado por debajo de la puerta. Pasé olímpicamente de la nota.

Al día siguiente, cuando sonó el timbre, me puse el chándal, pero no bajé hasta que los tres hombres vinieron a buscarme. Elegí de nuevo blanco y avancé. Me encontré con una nueva bifurcación que el día anterior no había visto, o no supe ver. De nuevo, dos señales: la de la izquierda contenía construir; la de la derecha, despegar. Sin reflexionar, opté por la izquierda siguiendo el mismo criterio que hasta entonces había aplicado. Después de poco tiempo, llegué al final. Ocupé el resto del día en estúpidas conversaciones con otro señor de bata blanca, y en baños relajantes que me producían somnolencia.

A la mañana siguiente, antes de que sonara el timbre, yo ya había empezado mi entrenamiento matinal. Elegí blanco, elegí construir sin pensar, por el mero hecho de que siempre había elegido eso. La caminata me deparó una nueva elección: la señal de la izquierda llevaba escrita la palabra verde; la de la derecha, negro.

– Verde, un viejo verde, eso es lo que es. Se ha ido con otra que es mucho más joven que yo.

Así que cogí el camino de la derecha.

Un día después, elegí blanco, elegí construir y elegí verde sin pensar, pero con convencimiento de lo que estaba haciendo. Esta vez, el camino se dividió en tres y tuve que decidir entre renacer, olvidar y odiar. Tuve que pararme porque no supe qué elegir. Me senté en el suelo y durante un tiempo pensé que, en aquellos momentos, lo que más me definía era el odio. Aquel día, en la habitación, dormí menos y reflexioné más.

El paseo del día siguiente me desconcertó porque no tuve que tomar ninguna elección. El camino nunca se dividió y no tuve elección que hacer. Pero yo eché de menos tener que elegir. Viví todo el día esperando al siguiente. Cuando llegó estaba ansiosa. La bifurcación que encontré solo me ofreció la posibilidad de elegir entre tristeza y locura.

Por primera vez, di la vuelta y no elegí entre las opciones propuestas. Elegí regresar, y empezar.

En la habitación, abrí el tercer cuaderno y escribí el relato que acabas de leer.

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