El desayuno eterno

Mi mamá dice que hay días en los que es mejor no levantarse, y yo nunca lo entendí hasta que llegó ayer. Dos horas tuve que estar sentado en la silla de la cocina de casa de mi abuela con un vaso de leche delante que no se acababa nunca. Si sé, me quedo un poco más en la cama y me ahorro el desayuno.

A mí no me gusta desayunar. Yo cuando me levanto quiero jugar o ver a Bob Esponja. Pero mi mamá y, cuando no está ella, mi papá me obligan a desayunar. Yo me hago el remolón: pido leche, luego no quiero leche, que quiero yogur, que yogur no, natillas, natillas no, mejor un batido, que me hagas tostadas, que no quiero tostadas, que quiero un quesito, que no quiero el quesito, que quiero la leche, pero con colacao. Y después es cuando digo:

– No lo quiero porque está frío. -Esta es mi frase favorita-.

Y entonces, es cuando se enfadan de verdad.

Pues ayer resultó que se enfadaron de verdad. Me castigaron a estar sentado en la silla sin moverme hasta que me bebiera el vaso de leche. Y eso sucedió mucho, mucho, mucho, mucho tiempo después.

¿Que qué hice ese tiempo? Uf, lo primero que se me ocurrió fue mirarme los pies. Me quité las zapatillas, los calcetines y me vi los pies, los dedos y las uñas. Me olí los pies porque me acordé de que mi mamá siempre me dice que me huelen muy mal los pies para lo pequeño que soy. Y resultó que era verdad:

-Que asco –dije.

Moví los dedos. Cuesta un poco pero es divertido. Luego me di cuenta de que tenía algo negro. Me limpié entre los dedos con los dedos de la mano. Tenía mucha mierda. Mi tía me llamó guarro, y yo le dije que no era un guarro y mi tía que sí, y yo que no, y así empecé una conversación con mi tía que me entretuvo un rato.

Luego puse el calcetín encima de la mesa y la abuela me dijo que los calcetines sucios no se ponen encima de la mesa. Yo le dije que olía mal y la abuela dijo que por eso no se ponen encima de la mesa en la que estás desayunando. Me dijo que yo era un guarro y yo le dije que no, pero ella me dijo que sí. ¡Vamos lo mismo que con mi tía Rebe! Al final, los quise llevar a la lavadora pero mi mamá, que me estaba espiando me dijo que ni se me ocurriera bajarme de la silla. Así que tuvo que llevar ella los calcetines a la lavadora.

Ya me estaba empezando a aburrir de los pies, de los dedos y de los calcetines cuando se me ocurrió quitarme el pijama y jugar con las patas del pantalón. Entonces, vi que no me había quitado el pañal de la noche. Se lo dije a mi mamá, pero me contestó que lo primero era beberse la leche, y luego quitarse el pañal. Así que me tuve que quedar otra vez en la silla.

Menos mal que mi tío David, que siempre se levanta más tarde, vino a desayunar. Le dije a David que no quería la leche, pero me dijo que tenía que bebérmela. Me dijo que si no desayunaba, no me iba a llevar a ver al dragón que sale por la noche. Mi mamá Marta dice que no hay dragones, pero mi tío le ha visto e incluso sabe cuándo sale de su cueva y se le puede ver. Siempre me dice que me va a llevar a verlo, pero nunca me lleva. Le dije a mi tío que si podíamos dar la leche al dragón pero mi tío dijo que los dragones no toman leche. Entonces dije:

– Yo quiero ser como los dragones. ¿Qué comen los dragones?

Entonces mi mamá volvió a aparecer en la cocina y le explicó a mi tío que yo estaba castigado, y que no podía moverme de la silla hasta que no me bebiese el colacao. Apareció también mi papá por la cocina y se puso a hablar de fútbol con mi tío, y mi tío ya no me contó nada más de los dragones.

Entonces fue cuando de verdad empecé a aburrirme, y ya no se me ocurrían cosas que hacer. Además, Martín no me hacía ni caso porque estaba viendo la tele en la sala y pasaba de mi colacao. Él ya se había bebido el suyo.

Entonces…sonó un pito.

-¡Bien! El panadero. Yo voy.

Salté de la silla, pero papá me dijo que no podía ir a por el pan hasta que no me bebiera la leche. Ya me estaba hartando de tanto ‘bébete la leche’ y ‘no te puedes mover’. Miré a mi abu, pero no me ayudó. Así que empecé a llorar y llorar. Vino mi mamá otra vez. Dijo que ella también se iba a poner a llorar de lo harta que estaba de mi colacao. Y se puso a hacer que lloraba y mi tía la imitó. Parecía que llorábamos todos. Tuve que echarme a reír porque me hacía mucha gracia que todos llorasen conmigo.

¿Qué como terminó todo?… Sí, sí, me tomé el colacao. Bueno, mi mamá me lo dio a cucharadas.

Nunca más voy a pedir colacao para desayunar.

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