Vistas a nivel del mar

No es lo mismo ver las cosas desde arriba que desde abajo. Y lo digo literalmente.

El verano pasado, mi familia política y yo decidimos pasar nuestras vacaciones veraniegas haciendo un viaje por Irlanda. Después de estudiar varias guías y leer multitud de artículos, elaboramos un detallado cuaderno de bitácora que marcaría nuestros pasos durante cada uno de los días de nuestra estancia en este país.

Cuando por fin llegó el esperado día de partida, todo transcurrió como planeamos. Sin ninguna incidencia, fuimos disfrutando de los días y de los escenarios que habíamos fijado: la Calzada de los Gigantes, Belfast, Dublín…

El quinto día habíamos quedado en ver los famosos acantilados de Moher, una de las principales atracciones turísticas del país. Como las circunstancias mandan, habíamos reservado por Internet un paseo en barco para verlos de cerca. No sin dificultades, conseguimos subir todos. Era un día agradable, con buena temperatura y una luz clara. La velocidad del barco y el aire que chocaba contra nuestras caras hacían que de nuestros ojos brotaran lágrimas. Nunca supe si las lágrimas de mi suegro fueron efecto del viento y de la velocidad, o de placer por el paisaje que veíamos.

De vuelta, finalizado el viaje en barco, mi novio, su hermana y yo, decidimos subir por una senda de tierra, estrecha y escarpada, para recorrer los acantilados bordeando el precipicio. Desde arriba la sensación de vértigo se acentuaba, las piernas temblaban y la cabeza no dejaba de enviar mensajes de peligro. Las vistas emocionan más, las caídas parecen mucho más impresionantes. Desde aquí, mis suegros solo eran dos pequeños puntos junto al mar.

Mi suegro casi siempre ve las cosas desde abajo, las de arriba las construye con las de abajo y las rellena con las descripciones que los demás le hacemos. La silla de ruedas, aunque fiel compañera, solo ofrece vistas a nivel del mar.

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