Tu ropa o mi furgoneta

Vivir en una furgoneta no es tan duro como parece. He tenido suerte, he encontrado una furgo abandonada. Está descuidada, oxidada y abollada; pero cuando tenga tiempo, con una mano de pintura y unos martillazos lo arreglo.
Lástima que tenga goteras y que entre aire por los cristales rotos, aunque, pensándolo bien, está aparcada en un buen sitio, al remanso.

Tengo todo lo que necesito en su interior: varias mantas, utensilios de cocina, cartones, algo de comida, algún libro, y montones de papeles que en su día fueron importantes. Hoy también lo son, en los días fríos me sirven para encender la hoguera con la que calentarme.

Mi mayor tesoro está dentro de una caja de latón. Cuando el día me da la espalda, abro la caja y ojeo su contenido. Conozco los detalles de todas las fotos: el día en que fueron hechas, la hora, la luz, el momento, el lugar… Tu ropa y sus ropas.

La ropa que nos ha separado, que nos puso en contra; la ropa que nos hizo descubrir cómo era el mundo de los negocios, la que nos hizo famosos internacionalmente, la que nos hizo perder la razón y el corazón. Yo no quise esclavos sobre mis espaldas.

Soy feliz en mi furgo. Siento paz. Se me han pasado los temblores, las taquicardias, las paranoias. No tengo horarios, no distingo entre días laborales y días festivos. Tan solo observo a la gente, la que viene y la que va, mayores o jóvenes, los niños que van al cole…

Los niños… No conocen mi furgoneta mis hijos. Esperaré a que sean mayores para que decidan entre tu ropa o mi furgoneta.

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