Soy una gota de agua

Soy una gota de agua, pero una gota de agua evaporada. Vivo con millones de gotas formando una gran nube. Nuestra nube es blanca-grisácea y, cuando el sol nos atraviesa, nos vestimos con los colores del arco iris y, cuando nos ruborizamos, al atardecer, nos ponemos de un color rojizo precioso.

¿Cuántos años tengo? ¡Qué indiscreción! A los viejos, con millones de años, no se nos pregunta la edad. Vivo en la tierra desde que Dios creo el mundo. Unas veces he formado parte de los ríos y de los mares, ¡qué salada era entonces!; otras veces he sido rocío madrugador; otras he sido sólida formando un iceberg, ¡qué frío pasé!; y otras, como ahora, vivo evaporada en una nube.

He formado parte de la historia de la humanidad (tomé parte en el Diluvio); he visto nacer y morir a grandes hombres como Alejandro Magno, que le gustaba más el vino que el agua; y he conocido a los parias de la India, que la única ilusión que tenían era bañarse en las aguas del Ganges. Precisamente, en este río viví una temporada. Como a todas las viejas, me gustan los tiempos pasados. ¿Por qué? Porque las aguas de los ríos y de los mares no estaban contaminadas. ¡Qué gusto cuando me licuaba y caía a la tierra!

Caer, caer… ¡Qué sensación tan agradable atravesar el espacio! Entonces no me preocupaba dónde caía. Hoy, cuando me licuo, me pongo nerviosa. ¿Dónde terminaré? ¿En el mar contaminado con petróleo?, ¡me pondré negra! ¿En el río contaminado por los residuos?, ¡me pondré verde!

El año pasado me licué y fui a parar al río Carrión. ¡Puf! ¡Qué asco! Nada más llegar, vi llorando a mis compañeras. Estaban llenas de microbios y de espuma por culpa de los vertidos de una fábrica. Me contagiaron y estuve una temporada más mala… Menos mal que pasé a un depósito de agua, donde me filtraron y perdí los microbios. ¡Ay!, al principio no me gustó mucho, me dio un gustillo y un olorcillo extraño; a mí me gusta presumir de incolora, inodora e insípida. Qué se le va a hacer… ¡Hay que aguantar tantas cosas en la vida!

En algunos momentos, me da pena formar parte de las catástrofes ¿Sabéis dónde estuve hace algunos años? En las inundaciones del País Vasco. Allí nos amontonamos las nubes por culpa del viento que, a veces, es un fresco. Nos licuamos todas a la vez… Yo iba corriendo por las calles asustada de los destrozos que estábamos causando… Gracias a Dios pasó todo.

Lo peor es lo de África. Allí, no nos ven el pelo. Por eso están tan secos los campos y las personas, y los animales mueren sedientos… ¡Si pudiera ayudarles!; pero ya sabéis, nosotras, las gotas de agua evaporadas, nos movemos empujadas por el viento. Si él dice: “¡por allí!”, nosotras vamos; aunque a mí a veces no me gustaría moverme. En fin, que me estoy haciendo viejecita.

Me gusta estar evaporada porque me he vuelto fisgona, y desde la altura veo muchas cosas; pero de cuando en cuando me vuelvo líquida. Lo peor de todo es cuando me pongo sólida. ¡Todavía me acuerdo de un año que me convertí en granizo! Parecíamos una betería ¡Cuánto ruido hacíamos! A mis compañeras les encantaba: ¡pom!, ¡pom!, ¡pom!; a mí, no. Me gusta caer silenciosa, suavemente en calabobos o en chirimiris.

Podría contaros tantas y tantas cosas… Son tantos años los que he vivido…

– He estado en la manguera de un bombero apagando un incendio. ¡Qué calorcillo! ¡Cuántas llamas!
– He estado lavando, con gel espumoso, a un niño de un año. ¡Cómo chapoteaba con nosotras!
– He estado en una lavadora. ¡Cuánta suciedad he quitado!
– He estado en un vaso de agua. ¡Qué descanso!
– He estado en una botella de gaseosa. ¡Cómo burbujeaba!
– He estado bautizando a un niño. ¡Lo purifiqué de su mancha original!

Sirvo para tantas cosas…

(Todo este cuentecillo no es reciente, tiene casi 30 años y lo he sacado de un cajón donde estaba condenado al olvido. Mucha agua ha caído desde entonces…)

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