Reflexiones puntuales

Aquel libro que me habían regalado solo tenía una página y además estaba en blanco. O eso me pareció al principio.

Di las gracias por el detalle, pero se me debió notar en la cara la sensación de confusión; no porque me hubieran regalado un libro (cosa que yo agradecía siempre), sino porque aquel libro debía ser para niños. Y alguien pensó que yo me lo merecía.

Una vez en casa, sentado en el sofá, tomé el libro y lo abrí. La página solitaria y sin numerar se presentó ante mí. Solo descubrí un pequeño punto negro. Estaba situado en el lateral derecho. Al volver la página descubrí el el mismo punto negro pero en el lateral izquierdo. No había más en aquella hoja blanca.

La portada, al contrario, era toda negra. Solo el título ‘Reflexiones puntuales’ estaba escrito en grandes letras góticas en color blanco. En la contraportada, nada, negro.

Lo tiré al sofá. No me aportaba nada. Abrí entonces otro que también acababan de regalarme. Se trataba de la vida de un adolescente que descubre que solo es feliz cuando suplanta la identidad de las persona a las que admira. No me convenció la reseña pero, frente al punto del libro o el libro del punto, cualquier cosa me valía.Leí las primeras páginas sin mucho entusiasmo y al poco me venció el sueño.

Al día siguiente, ya en el despacho, mi compañero me pidió que le recomendara alguna lectura. Se me vino a la cabeza incomprensiblemente el punto negro. Deseché la idea y le aconsejé que probara con un autor que acababa de publicar su primer libro. Ni siquiera le hice ningún comentario sobre ‘Reflexiones puntuales’.

Después de un duro día de trabajo llegué a casa derrotado. Encontré ‘Reflexiones puntuales’ en el sofá e inconscientemente volví a abrirlo intentando buscar una explicación o un sentido a aquel mal llamado ‘libro’. Me pareció que el punto era más grande que el día anterior y que estaba más arriba. Hice memoria intentando recordar su posición el día anterior. Pronto desistí.

De nuevo en la oficina, mi compañero me comentó que había ido a la librería a comprar el libro del autor que le había recomendado. Me contó que al ir a pagar el librero le había hablado de un libro titulado ‘Reflexiones puntuales’ que había recibido el premio del año de los libreros.

Entonces no me pude callar. Le dije que me lo habían regalado, que solo contenía una página, que la página estaba en blanco y solo había un pequeño punto negro en el lateral derecho. Si volvías la página solo veías el mismo punto negro pero en el lateral izquierdo. Nada más. Un mal llamado libro, concluí.

Para mi sorpresa mi compañero había comprado un ejemplar para regalárselo a un amigo suyo. Me dijo que estaba equivocado, que recordaba que aquel punto, no tan pequeño como yo le había descrito, estaba en el centro de la página. Al volver la página, el mismo punto negro ocupaba también el centro de la página.

A mí me daba igual dónde estuviera situado el punto, no estaba dispuesto a discutir por eso, me enojaba el hecho de que aquel punto negro hubiera conseguido ganar algún premio.

Por la noche, lo primero que hice cuando llegue a casa, fue buscar el famoso libro y comprobar dónde estaba situado el punto. Para mi sorpresa, ocupaba el centro de la página y era de un tamaño muy superior al que yo recordaba. Aquel sucedáneo de libro me vacilaba. Antes de irme a acostar volví a abrir el libro para comprobar que no se había mudado de tamaño y de posición.

Cuando volví a ver a mi compañero, lo primero que le comenté es que tenía razón: el punto era bastante más grande de lo que me había parecido en un primer momento y estaba en el centro de la página.

Cuando me contó que antes de regalar el libro lo había abierto para comprobar dónde estaba el ‘famoso punto’ estuvo llamándome por teléfono para decirme que el punto no era tal, sino un cuadrado situado en la esquina superior derecha.
A partir de entonces, siempre que puedo, regalo ‘Reflexiones puntuales’.

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