Me atacan las moscas

Ya llega el verano, y con él, el calor, las terracitas, los pantalones cortos, los helados, la playita, las vacaciones, el tinto (de verano)… Pero para Yago… Para Yago llegan esos terribles bichos que zumban y te sobrevuelan y se posan en cualquier sitio: la cuchara de Martín, el brazo de mamá, el pelo de la abuela, la sopa de papá, la ventana de la cocina… Para Yago llegan… ¡¡¡LAS MOSCAS!!!
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Mi mamá no me hace caso, le digo que mate las moscas y pasa de mí. Y luego quiere que yo recoja los juguetes cuando a ella le parece… ¿Se habrá vuelto ecologista mi mamá? Tengo mis dudas porque le ha dicho a la abuela que hay que comprar un matamoscas nuevo, que el que tenemos está roto por todos los sitios. Pero a mí no me hace caso cuando le digo que mate las moscas.

A mí no me gustan las moscas. Se me posan encima y si las espanto vuelan, pero solo un poco, porque se me vuelven a posar enseguida, y vuelvo a espantarlas, pero otra vez se me posan, y así muchas veces hasta que me canso y lloro para que me dejen en paz. Son muy pesadas las moscas (mucho más que mi mamá cuando se puso tan pesada para que hiciera pis en el baño y no en el pañal -¿os acordáis?-) y se me posan en los brazos, y como ahora ya llevo camisetas de manga corta, me hacen cosquillas de las que no me hacen reír. Y yo tengo que mover los brazos muchas veces para que me dejen en paz.

¡No me gustan las moscas, no y no! Ayer una mosca se subió conmigo en el coche de papá y se vino de viaje con nosotros: desde casa de la abuela Charo hasta casa de la abuela Ita. Me hizo llorar la mosca porque no quería separarse de mí, y yo le decía a mi papá que parara el coche y a mi mamá que matara a la mosca. Pero ninguno me hacía caso. Para colmo, Martín se reía y decía que me iba a picar la mosca. Y yo lloraba más.

Al final, al que casi le pica le mosca es a Martín. Menos mal que mi mamá (que está en todo menos en matar a la mosca) le avisó de que si no se callaba, le iba a picar una mosca del tamaño de la palma de su mano. A Martín le debió dar miedo aquella mosca tan grande porque se calló enseguida. Y yo, que nunca había visto una mosca tan grande, empecé a llorar más. Se me caían hasta los mocos.

Solo cuando llegamos a San Mamés y mi mamá me abrió la puerta del coche, se fue la mosca. Yo entré en casa entre lagrimones e hipos, y mi abuela pensó que me pasaba algo grave porque vi la cara de asustada que puso. Esa cara fue la misma que puse yo cuando me di cuenta de que la mosca del coche también había entrado en casa de la abuela, y se acababa de posar en la mesa de la cocina.

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