Llevar las riendas

Andar. Poner un pie delante de otro. Unas veces más rápido, otras más despacio. Grandes y pequeñas zancadas. Recorrer el camino. Normalmente sin pensar, sin darse uno cuenta de lo que hace. Avanzar o retroceder como un robot, automáticamente.

Si se piensa, caminar consecuentemente es más difícil. Si se decide qué pie va delante y qué pie va detrás es más fácil tropezar. Incluso caer. Cuando uno apaga el piloto automático se puede cometer el fallo de querer avanzar con los dos pies a la vez. Saltar en vez de andar.

Luego, está la lluvia que produce barro y dibuja charcos. En ocasiones hasta inundaciones que arrasan y arrastran todo. Huellas y caminos incluidos.

Desde que aprendí a andar he recorrido un camino. O varios. Algunos caminos se han cerrado. Otros, con el paso del tiempo, han desaparecido, dejando paso a nuevos, que brotan como de la nada, y que han ido creciendo a medida que pisaba en ellos.

Siempre me he preguntado qué porcentaje de camino recorro inconscientemente. Si el otro porcentaje, el que me pertenece, el que yo he elegido, el que construyo pasito a pasito, el que me define… es más grande, habré triunfado a pesar de los tropiezos, de las caídas y de los charcos. Habré llevado las riendas y ese será mi triunfo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *