La ira reprimida

Todo empezó por el ojo. No es que lo perdiera: seguía ahí, en su sitio, solamente decidió no volver a mirar nunca más.

– Para lo que hay que ver… –me explicó.

Yo no quise entrar en polémicas. Me quedaba otro ojo con el que ver las cosas, y aunque me costó un poco acomodarme a la nueva situación, pronto me acostumbré.

Cuando ya ni notaba que solo veía por un ojo, uno de mis dos oídos me comunicó su decisión de no volver a oír nunca más. Mi oído, aunque seguía ahí, en su sitio, se negó a escuchar.

– Para lo que hay que oír… – me declaró.

Aunque protesté, adaptada como estaba para ver solo por un ojo, pronto me resigné a oír solo por un oído.

Y así fueron pasando los días hasta que una mañana, al levantarme, descubrí que no podía mover un pie. No es que me faltara el pie, seguía ahí, en su sitio, pero el talón se negó a tocar el suelo.

– Para donde hay que ir…

Chillé a mi pie, le insulté, incluso pataleé de rabia. Mi pie me confirmó que mi talón nunca más tocaría el suelo. Su decisión fue firme. Y a mí no me quedó más remedio que aceptarlo.

La tarde en que volviendo del trabajo en el metro, mi mano se negó a agarrarse a la barandilla para evitar que me cayera, me sentí furiosa, pero ni chillé ni lloré porque estaba en un lugar público.

– Para lo que hay que hacer, te sirve mi compañera…

Acepté de nuevo aquella negativa y me acomodé a ella. Llegué a pensar que tenía suerte porque todas mis partes tenían una gemela para poder seguir viendo, oyendo, andando y haciendo.

Un mes después mi mano activa me comunicó que, para lo que había que hacer, había resuelto no hacer nada. A la mano le siguió el pie, al pie le siguió el oído.

El último en abandonarme fue el ojo. Aún recuerdo el último verso que pude leer:

Vivo con la estúpida indolencia del que se da por vencido.

Fue entonces cuando encontré mi límite y quise reaccionar. De mi boca salieron insultos, de mis ojos fuego, de mis pies patadas, de mis manos disparos.

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