Hoy la vi pasar de prisa

Ambos éramos personas de costumbres fijas. Ella se sentaba en la misma terraza desde hacía varios años. Siempre a la misma hora y en la misma mesa para poder mirar hacia el mismo lado. Yo, desde hacía seis años, pasaba montado en el autobús camino del trabajo. El semáforo, en rojo, me concedía cuarenta segundos de ilusión y dolor; en verde, contrariaba mi espíritu.

El horóscopo no decía nada, pero ayer fue mi día de suerte. El accidente de tráfico de la glorieta provocó un enorme atasco. El semáforo, ajeno a lo sucedido, seguía cambiando de color con su ritmo habitual. El autobús, encajado entre los coches, apenas se movía. El ruido de las bocinas, molesto y ensordecedor, súbitamente desapareció.

Ella estaba allí. Miraba hacia el autobús y yo hacia la terraza. ¡Me emocioné como si fuera la primera vez! Tuvimos tiempo de contemplarnos, de recrearnos. Intercambiamos miradas y diálogos mudos, gestos que cada uno interpretó a su manera.

No sé cuánto duró aquel encuentro. Solo cuando dejé de verla volví a la realidad de un viaje sin futuro entrecortado por las circunstancias.

Hoy ni el tráfico ni el semáforo estaban de mi parte. Levanté la mano a modo de saludo, como había hecho ayer. No sé si no quiso devolverme el saludo.

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