Hablar al silencio

Subí la persiana y entró el sol. Al contrario que antes, me entristeció. Ahora prefería la lluvia.

Con la luz, mi nueva casa se veía más vacía. Todavía tenía cajas sin abrir. No era mi primer día en aquel lugar, pero a mí me lo parecía.

Debía desayunar, aunque desde hacía algún tiempo me invadía la inapetencia. Pensé en salir fuera, no me decidí. Ahora odiaba los bares. La cafetera vieja me sirvió para hacerme un café. Sin tostadora, con una sartén doraría el pan. La tostadora era otra de esas tantas cosas que tenía que añadir a la lista de cosas que me faltaban. Sin embargo, ya tenía mantel, nuevo e individual. Había gastado varias tardes visitando tiendas para escoger el más bonito y alegre de todos los manteles.

Con el café, las tostadas y el aceite en la bandeja, me senté en aquella mesa de seis personas. Era excesivamente grande para mi apartamento, pero era mía, al igual que las sillas. Las preferí al sofá.

Puse la radio solo para no oír el silencio. Sonó mi programa favorito de los fines de semana. La voz seguía sonándome familiar. Respiré profundamente y cerré los ojos.

-¿Es bueno hablarle al silencio? –escuché decir al locutor.
-Supongo que quien habla al silencio se habla a uno mismo. Es bueno si sirve para reflexionar, para llegar a conclusiones que ayuden a avanzar.

Pon un momento pensé que desde la radio podían verme… Llegué a pensar que estaban hablando de mí y de mi nueva situación. Me levanté furiosa, decidida a lanzar contra la pared aquel aparato. Me controlé, pensando que si lo rompía tendría que seguir rellenando la lista de cosas que me faltaban. Me decidí a apagar el aparato, pero se me coló de nuevo aquella voz.

– Abrimos líneas para todas aquellas personas que quieran aportar experiencias o realizar comentarios.

Sabía de memoria aquel número. Había llamado muchas veces: preguntas preparadas para respuestas preparadas que enganchasen a los oyentes y animasen a participar.

Pero hoy podía ser distinto. Llamé y pasé el filtro. En unos segundos estaría en antena, hablando con él. Lo primero que dije fue que todavía le quería porque no sabía dejar de querer de repente. Le llamé inmaduro y pronuncié el nombre de la persona que se había colado en nuestro universo familiar para que todos lo supieran. No le dejé hablar y colgué.

Cuando abrí los ojos me di cuenta de que no me había movido de mi silla. El café se había enfriado.

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