En la lejana selva

Mis tíos me han llevado a la selva. No solo a mí, también a Martín y a la abuela.
La selva es un sitio muy grande lleno de animales salvajes que te pueden atacar o morder y hacerte llorar porque están sueltos, no están enjaulados ni atados. La selva está muy lejos de San Mamés, por lo menos en Santander o más lejos todavía.

Yo pensé que a la selva tendríamos que ir preparados: como mínimo tendríamos que traer una espada por si hay osos y un cuchillo para cortar las hierbas. Pero no, no llevábamos nada de eso. Yo creo que como nos llevaron mis tíos y mis tíos no tienen niños no saben cómo va eso de proteger a los hijos. Seguro que si me trae mi mamá traemos hasta una pistola por si nos atacan los tigres.

Además yo creí que para ir a la selva teníamos que llevar traje de explorador pero mi abu me puso un pantalón corto y una camiseta. Y para protegerme… me echó crema del sol y me puso una gorra. ¡Como se enfade el hipopótamo y venga a por mí, no sé qué voy a hacer! ¡Tendré que darle con la gorra!

La verdad es que sin protección de ningún tipo he pasado miedo. Y eso que no me he separado de mi tío en ningún momento. Yo no quería tener los pies en el suelo, puede venir un avestruz y picarte en las piernas. Así que hice que David me tuviera en brazos todo el día.

Me hice amigo de un dromedario en la selva. Al principio estaba lejos, pero luego se fue acercando hacia donde estábamos nosotros. Se puso a cantar de una manera muy rara y me tío le imitaba y el dromedario contestaba a mi tío, y Martín y yo nos reímos mucho. Así estuvimos un ratito hasta que se cansó (el dromedario, no mi tío) y entonces lo que hizo fue… escupirnos. ¡El muy guarro nos escupió! ¡Casi nos cae encima el escupitajo! si llego a ser yo el que escupe seguro que mi tía Rebe o la abu empiezan a reñirme, pero al dromedario no le dijeron ni mu y encima se empezaron a reír de nosotros. Desde ese momento ya no quise ser amigo del dromedario.

Así que dejamos al dromedario y nos fuimos a ver a los elefantes. Son unos desagradecidos los elefantes, estaban muy lejos y no quisieron acercarse, y eso que yo les tiré mi gorra pero no les debió gustar. Al que menos le gustó que yo tirara mi gorra fue a mi tío que tuvo que saltar dos vallas de seguridad para cogerla.

Luego fuimos a ver a unos monos que te enseñan el culo a todas horas. Dice mi hermano Martín que tienen el culo pelao y se quitan las pulgas los unos a los otros. ¡A mí me hizo mucha gracia lo del culo pelao!

Lo que no me hizo nada de gracia fue cuando vimos a los otros monos. Íbamos en el coche, en caravana, unos coches detrás de otros y los animales estaban al lado. La tía Rebe llevaba la ventanilla bajada para ver mejor a los animales. Había un mono y un ciervo que se acercaban a los coches para que les dieras algo de comer o algo para jugar, pero Martín empezó a llorar porque el mono estaba muy cerca y podía colarse por la ventanilla del coche. Así que la tía Rebe subió la ventanilla de Martín y bajo la mía y entonces empecé yo a llorar porque tenía un ciervo muy cerca y podía colarse por la ventanilla del coche.

¡Qué no! ¡Definitivamente mi tía no sabe protegernos como mi mamá!

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