El señor de la foto

Aquella foto había estado allí desde poco después de que todo sucediera. Enmarcada en madera de color cerezo, tenía un tamaño un poco mayor que el resto de las fotos que había a su alrededor, fotos con las que de manera habitual jugaba mi hijo.

Hubo tristeza al elegirla, y aunque fueron varias las candidatas a ocupar aquel marco, todos estuvimos de acuerdo en su elección.

Había un señor en primer plano. Había felicidad en su expresión, y una sonrisa sincera y auténtica. Quizá aquellas sensaciones que trasmitía impedían ver otras cosas: aquellas arrugas y aquel pelo blanco, ya no rizado sino ondulado, sumamente peinado, sin duda reflejaban que el tiempo había ido pasando. Vestía de traje y corbata, de un azul imponente; en la solapa brotaba una única rosa blanca. En su mano derecha una pluma dejaba su tinta en la hoja de un libro.

El pequeño me puso la foto en la mano. Con sus dos años y dos meses parloteaba lo suficiente como para hacerse entender.

–Un señor –me dijo-.

¡Qué simples las palabras! ¡Y cuán culpable me hicieron sentir!

Un señor…Alguien desconocido, cualquiera que va por la calle, el que te atiende en una tienda a la que vas por primera vez, el que llama por teléfono a tu casa y se ha equivocado, el que te quiere vender algo, aquel con el que te das cuando vas andando por la calle…

Pensé en mis abuelos, a los cuales nunca había llegado a conocer. Solo guardo de ellos alguna foto y algunas pequeñas historias que mis padres me contaron.

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