Bloqueos

Se me metió un elefante en el ojo y del ojo se fue al cerebro. Se ve que era un elefante aventurero con ganas de conocer mundo o, al menos, cuerpo.
A mí, del peso del elefante se me iba cayendo la cabeza. Si el elefante se paseaba por el lado izquierdo se me iba la cabeza al izquierda, y lo mismo con la derecha. Con tanto peso empecé a sentir fuertes dolores de cabeza.

Traté de hablar con el elefante para convencerlo de que saliera de mi cerebro, pero él era reticente. Se sentía como en casa y no encontraba ningún motivo para salir.

Le di mil razones: no era su hábitat natural, no tenía ningún compañero ahí dentro, carecía de espacio para poderse mover con comodidad… No lo conseguí persuadir con ningún argumento. Solo quería seguir allí, entre conexiones, viscosidades y terminaciones nerviosas.

Mi cabeza, sin embargo, parecía a punto de estallar. Aquel elefante me hizo perder la paciencia, y un día se me ocurrió que solo cuando él se sintiera a disgusto en mi cerebro saldría de él. Decidí golpearme la cabeza para hacer daño a aquel animal burlón que me había colonizado. El resultado fue desesperante: al elefante no le llegaban los golpes y yo cada vez estaba más dolorida.

Me pregunté entonces cómo había acabado aquel paquidermo en mi cabeza y no encontré razón. Me desespere aún más.

De repente estornudé, así como sin quererlo o sin pensarlo, como son los estornudos. De mi nariz asomó un poquito una trompa. Reaccioné con rapidez, agarré con las dos manos la trompa y tiré con todas mis fuerzas. Sentí mucho dolor pero nada comparado con el dolor de cabeza.

Tuve suerte, salió entero de una pieza. No quise saber nada más de aquel animal, no quise ni hablarle. Tenía miedo de cogerle cariño y de que se enquistase en mi cerebro.

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